«Por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas, tralará …»

Los hijos del “baby boom” crecimos con canciones que contenían letras como la del título o que decían: « Me encontré con un ciruelo cargadito de manzanas; comencé a tirarle piedras y caían avellanas».

No podíamos adivinar, ni por lo más remoto, que nos estaban colando ya entonces fake news.

Fake news y posverdad conforman un dúo que no paramos de escuchar por el enorme protagonismo que ha alcanzado en la actualidad debido, fundamentalmente, a la extraordinaria y vertiginosa oportunidad de propagación mundial que les brindan  las redes sociales y el universo digital, en general.

El siguiente, es tan solo un ejemplo –que traemos a colación  por la repercusión nacional e internacional que ha tenido el caso- de los innumerables que se producen a diario de fake news, y que son asumidas y compartidas por una mayoría creciente de internautas atraídos, entre otros motivos, por su sensacionalismo.

El tratamiento “periodístico” por parte del digital La Tribuna de España del mediático caso de la muerte del pequeño Julen, tras su caída al pozo en una finca de Totalán (Málaga), constituye un clarísimo exponente de fake new continuada con un claro objetivo de interés propagandístico y  desinformación.

«El pozo donde cayó Julen podría ser un escondite de droga”. Así titulaba el pasado 23 de enero este medio uno de sus artículos sobre el tema, en el que prácticamente se afirma que los padres y la familia del niño serían los responsables de su muerte, añadiendo las siguientes afirmaciones: «Esta información procede de una fuente de la Guardia Civil muy próxima a la investigación del caso Julen; la  intención sería que, ya que no han encontrado agua, aprovechar el pozo para guardar material ilegal, con toda probabilidad, sustancias ilegales estupefacientes; el padre y tío del pequeño desaparecido habrían estado intentado rebajar el borde del agujero para hacerlo más accesible al depósito de drogas».

Tales perlas, retuiteadas por usuarios o utilizadas para hacer otros comentarios con el consiguiente daño a los familiares, han llevado a los padres de Julen a interponer una querella contra La Tribuna de España.

Un fenómeno venenoso que se extiende como la pólvora

En 2016 el Diccionario Oxford elevó a palabra del año el neologismo posverdad, un término un tanto desconcertante, que se ha puesto de moda en estos últimos años y que encubre  el concepto-ídolo del momento: el anglicismo fake news que, aunque se suele traducir como noticias falsas, la transcripción más acertada –según la Fundación del Español Urgente (Fundéu) – sería la de noticias falseadas. La posverdad es el vocablo que permite  categorizar la profesionalización del desinformar con intereses espurios.

Estamos sentados en la era de la posverdad, un término que se ha introducido por la puerta grande de la Real Academia Española, que lo ha definido como la «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

No estamos, sin embargo, ante un fenómeno nuevo. A lo largo de la Historia se han utilizado los medios existentes en cada época (imprenta, telégrafo, radio…) para difundir falsedades. Y hace cuatro siglos ya el filósofo y escritor inglés Francis Bacon puso en circulación la frase «difama que algo queda» acuñando en su obra De la dignidad y el crecimiento de la ciencia, de manera explícita, la expresión «calumniad con audacia; siempre quedará algo».

Como afirma el periodista Iñaki Gabilondo, «la posverdad no es otra cosa que la mentira de toda la vida agigantada por las actuales armas comunicacionales, es decir, la mentira de siempre en toda su variada gama: mentira propiamente dicha, verdad a medias, chisme, patraña, calumnia, … puestas en órbita por la mayor fuerza propulsora que se ha conocido, las actuales redes sociales,  que la convierten en un veneno que se expande peligrosamente como la pólvora».

Infundios construidos sobre historias impactantes, exageradas, distorsionadas, inventadas, etc, que circulan y se comparten a golpe de clics a una velocidad imparable y sin filtro alguno por el gran disparadero en el que se ha convertido el universo digital, invadiendo el espacio social, político y mediático.

Otro de sus grandes aliados lo constituye el hecho de que desmentir informaciones incorrectas o deliberadamente manipuladas resulta mucho más lento y menos viral que propagar verdades. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) cifra en un 10 por ciento esa mayor viralidad. En concreto, y como dato alarmante, las noticias falsas  viajan por las redes sociales seis veces más rápido que las reales, tienen más alcance y un mayor efecto devastador,  según el MIT.

Poco optimismo

A corto, medio y, quizá tampoco, a largo plazo, contamos con vacunas para paliar o erradicar esta epidemia mundial.  Los datos estremecedores, aportados por la consultora Gartner en su informe sobre predicciones tecnológicas, no invitan en absoluto al optimismo. Y es que, según dicho estudio, «en el año 2022 el público occidental estará expuesto a más noticias falsas que verdaderas, sin la capacidad, ni material ni tecnológica, de contrarrestarlas».

Recuperamos, como broche, unas palabras del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: «Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia».

¿Será verdad? ¿Podrá ser posible o estaremos hablando de poner puertas al campo?

Deberá ser interés y empeño de todos

 

 

 

 

 

 

 

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